Ola 61 — La Ruta Que No Planeamos

Pensé que iba para Phoenix.

Ese era el plan.

Simple. Subirme al avión, hacer una conexión, llegar a Phoenix, registrarme en el hotel y descansar.

Pero entre retrasos, problemas mecánicos, un lío con American Airlines y conexiones perdidas, terminamos en cinco lugares distintos en menos de 24 horas.

Al final, después de todos los retrasos, los cambios de avión y las esperas, llegamos a Phoenix como a las 6:30 de la tarde.

¿Agotados? Totalmente. ¿Frustrados? Un poco. ¿Enojados? La verdad, no.

En algún momento empezamos a verle lo absurdo a todo y nos dio risa. ¿Cuántas personas pueden decir que estuvieron en cinco ciudades en un día sin planearlo?

No fue el viaje que planeamos.

Pero igual se volvió nuestro viaje, y con el tiempo se volvió la historia perfecta para romper el hielo en tantas conversaciones.

Y en algún punto, entre un problema mecánico y una conexión perdida, empecé a pensar: la vida casi nunca sigue el itinerario que le trazamos.

Hacemos un plan. Calculamos la ruta más lógica. Elegimos el camino más corto, el más rápido, el que más sentido tiene.

Y cuando algo se desvía, lo primero que pensamos es que algo salió mal. Pero un desvío no siempre es un error. A veces es una invitación a ver algo que nos habríamos perdido.

Últimamente he pensado mucho en el control. En esas ganas de saber qué viene después. Queremos garantías. Certezas. Un mapa claro.

Pero la fe no siempre funciona así.

Confiar en Dios no es creer que todo va a salir como lo planeamos. Es creer que Él va con nosotros aun cuando el plan se nos desbarata.

Y aquí es donde creo que había entendido mal lo que es estar quieta.

Estar quieta no es sentarse a esperar que la vida pase. No es no hacer nada. Es abrir espacio para escuchar. Para ver con claridad.

Porque cuando vivimos corriendo, arreglando, planeando, tratando de forzar el siguiente paso, no nos queda espacio ni para respirar.

A veces un desvío nos regala ese espacio. Un retraso nos obliga a pausar. Una puerta cerrada nos hace mirar hacia otro lado.

Y en esa quietud vemos lo que no alcanzábamos a ver cuando estábamos ocupados.

Pero después de la quietud viene el movimiento. Todavía hay que hacer la llamada. Tomar la oportunidad. Dar el paso.

La diferencia es que ya no nos movemos por miedo a quedarnos quietos. Nos movemos porque escuchamos. Porque confiamos.

Y luego viene lo más difícil para mí: soltar lo que no me toca controlar.

A veces miro algo que quiero y pienso: cómo quisiera eso. Una casa. Una vida distinta.

Y ahí me doy cuenta de algo que incomoda. Puede que quiera lo que sigue, pero no voy a llegar allá mientras siga aferrada a cómo creo que deberían ser las cosas.

Soltar no es rendirse. No es volverse pasiva. Es hacer mi parte con todo el corazón y después abrir las manos.

El vuelo a Phoenix no fue en línea recta. Y la vida tampoco. La ruta puede cambiar. El tiempo se puede alargar.

Podemos seguir en movimiento. Pero también podemos pausar. Escuchar. Reconectar. Confiar.

Podemos creer que estamos justo donde debemos estar, aun sin entender cómo llegamos aquí.

Quizás la Ola 61 se trata de esto: la ruta también importa. No solo el destino.

A veces los retrasos y los desvíos no nos están alejando. Nos están llevando por el camino que necesitamos recorrer.

—TodayWaves 🌊

Una ola para llevar contigo:

¿Y si ese camino al que te resistes es parte del viaje que te toca hacer? En vez de preguntar “¿por qué a mí?”, ¿qué tal “¿qué me quiere enseñar esto?”

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