Anoche fui al cuarto de mi hija a ver una película con ella.
No se sentía bien, y tal vez eso me dio la excusa perfecta para hacer lo que en secreto siempre quiero hacer: meterme en su pequeño mundo y estar cerquita de ella, como cuando era bebé.
Mientras veíamos la película, empecé a molestarla: le jalaba un poquito el pelo, le agarraba el brazo, le hacía cosquillas, pura bobería. Y sin darnos cuenta, terminamos jugando con los pies, agarrándonos los deditos y fastidiándonos la una a la otra.
Y de repente, me entró la risa.
“¿Qué?”, me preguntó.
“Nada. Es que me da risa. Las dos somos igual de cansonas.”
Nos reímos.
Y en ese momento, sentí una conexión tan profunda con ella.
Ella probablemente ni se dio cuenta de cuánto significó ese momentico para mí.
Pero yo sí.
Yo era feliz con solo estar ahí, dentro de su burbujita.
Me encanta verla crecer. Me encanta verla sonreír, ver lo orgullosa que está de su cuarto, ayudarle a redecorarlo, hacer carteleras juntas, tomarle fotos a su espacio y verla emocionada por compartirlo con sus amigas.
Pero a veces, quisiera que el tiempo fuera más despacio.
Porque en un minuto es esta niña pequeña jugando conmigo, y al siguiente me está recordando: “Mamá, tú tienes tu propio cuarto”.
Yo sé que necesita su espacio. Sé que está creciendo y se está volviendo su propia persona.
Y eso es lo que quiero para ella.
Pero eso no quiere decir que mi corazón siempre esté listo.
A veces todavía le agarro las manos y finjo que son un libro. Las junto, las abro como páginas, las paso una por una y me invento historias sobre mi princesita.
Solo que ahora, mi princesita también es mi amiguita.
Una vez mi hija me preguntó: “¿Te gusta cuando estoy enferma?”
Claro que no.
No me gusta verla enferma.
Pero sí me encanta que me necesite.
Me encantan esos momentos en que me deja cuidarla, aunque sea por un ratico, sin recordarme a cada rato que ya es una adolescente y que no me necesita de la misma manera que antes.
Porque yo sé que está creciendo.
Sé que necesita independencia.
Y sé que un día me va a necesitar de otra manera.
Pero también sé que siempre nos vamos a necesitar.
La forma de necesitar cambia.
Los abrazos cambian.
Las conversaciones cambian.
La forma en que piden ayuda cambia.
Pero la conexión no tiene por qué desaparecer.
Así que anoche, mientras veíamos una película, nos fastidiábamos, jugábamos con los pies, nos reíamos y estábamos juntas en su burbujita, no quise pensar en el mañana.
Solo quise quedarme ahí.
Con mi hija.
Con mi princesita.
Con mi amiguita.
Quizás esta es una de las contradicciones de la maternidad:
Pasamos años enseñándoles a volar mientras en secreto esperamos que se queden lo suficientemente cerquita para poder seguir abrazándolos.
Queremos ayudarlos a crecer. Queremos enseñarles, animarlos y poco a poco abrirles las alas para que vuelen solos.
Y sin embargo, muy adentro, en silencio le pedimos al tiempo que vaya más despacio.
Queremos que sean valientes, independientes y listos para el mundo.
Pero también atesoramos esos momentos en que todavía se meten en nuestro espacio, nos piden ayuda, se ríen de nuestras bobadas o nos dejan cuidarlos.
Quizás la Ola 58 se trata de aprender a sostener los dos sentimientos a la vez: querer que nuestros hijos vuelen y querer que se queden; celebrar en quién se están convirtiendo mientras atesoramos cada momento en que eligen volver y sentarse a nuestro lado.
Porque quizás soltar nunca se trató realmente de soltarlos.
Quizás se trata de aprender a amarlos en cada versión de quienes se vuelven.
Y a veces, si tenemos suerte, todavía nos dejan quedarnos dentro de su burbujita por un rato.
Quizás hasta jugar con sus piesitos traviesos.
—TodayWaves 🌊
Una ola para llevar contigo:
¿Qué parte de enseñarle a tu hijo a volar ha sido la más difícil para ti? ¿Y qué momentos atesoras más cuando todavía eligen quedarse cerquita?
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